No hace falta buscar en los demás la naturaleza de nuestra especie, cuando nosotros mismos somos sus portadores, pero al parecer la cultura (llámese cultura a todo lo creado por el raciocinio del hombre) ha suplantado nuestra original esencia, de la que sólo quedan vestigios poco legibles, fluctuantes, de los que no se ha podido ocupar la razón, aquellos que aún el hombre más culto e ilustrado conoce y no puede negar en sí mismo.
Porque necesitaríamos volver a nacer, fuera de toda civilización, sin ningún contacto de lo que conocemos, para arrancar las raíces de lo que la humanidad ha prescrito para sí misma, no como lo que es, sino lo que aspira a ser.
Es innegable la bondad de lo que el desarrollo de la razón nos ha permitido conocer, crear e imaginar; son inmensas las obras humanas e inmensurables los conocimientos que ha obtenido y creado, con los que parece fructuosa su conquista en el mundo, en una expansión incesante, con un afán insaciable de conocerlo todo y con ello controlarlo. El ser humano cree haber desafiado a la naturaleza, la fuente de su existencia, con la falsa promesa de que llegará el día que sea amo y señor de lo conocido y por conocer.
Pero, ¿Qué es la naturaleza? Muchas son las concepciones de este término, que parece abarcarlo todo y, al mismo tiempo, ser propia y exclusiva de cada cosa. La naturaleza no existe en el ser, sino que es la ley de la existencia de las cosas, que para algunos ha sido una chispa de suerte y para otros síntoma de una Voluntad de Dios.
De una u otra manera, como sea que este orden haya comenzado su existencia, su causa está obviamente fuera de la misma y por ello no podemos explicarla en función de la existencia. Mi prolongado intento por tratar de analogarlo, de una u otra forma, es infructuosa, pues me he percatado que mi entendimiento está limitado a esa existencia de la que hablo, mi existencia pasada, porque uno no es más que el reflejo de su experiencia.
Volviendo a nuestro dilema sobre la naturaleza, que muchos emprendedores pretenden subordinar a sí, ésta es algo a lo que pertenecemos, no nos pertenece ella a nosotros, por lo que, quienes ilusamente creen estar jugando el “juego de Dios”, no se dan cuenta que lo único que han logrado, es demostrar cómo funciona, sin dejar de apegarse a ella. Pero precisamente, porque su capacidad es limitada (así como la de todos nosotros), no se percatan que este sistema perfecto no puede manipularse con la exactitud y eficacia que merece, por la simple y sencilla razón de que lo perfecto es inhumano.
Con esto, lo único que se ha provocado es lograr alterar el armonioso curso de las cosas, que al parecer, tiene plasmada ontológicamente la armonía del orden natural. Porque efectivamente se ha demostrado en los vestigios de nuestro planeta, por ejemplo, en el que algo parecido a un caos físico-químico reinaba en “nuestro” recién formado planeta; y muchos varios miles de millones de años, tal vez más, lo vemos transformado en una excelsa variedad de escenarios, de lo más próximos a lo que se puede llamar paraíso.
Aún siendo conscientes de ello, no nos percatamos de nuestro potencial destructivo individual, al que parece que somos ciegos, muy a pesar de que nuestra percepción es la primera en alertarnos. Con mucha razón, conocimiento de causa y justificada molestia, pensadores como Oscar de la Borbolla se cuestionan: “¿Qué revolución metafísica haría falta para cambiar al hombre, a ese ser repugnante que desde que comenzó la historia no ha hecho más que convertir este magnífico planeta en una pocilga y nunca, jamás ha conseguido hacer de él una morada decente?”[1]
¿Qué es exactamente aquello, que no nos permite ver nuestros errores, sino hasta el día que existe una imperiosa necesidad de enmendarlos? ¿Qué ímpetu existe, acaso, más fuerte que la razón que nos hace superiores entre las especies? ¿Acaso existirá en nosotros cierta inclinación destructiva que satisface al más primitivo instinto? ¿Será esto la llamada intrínseca maldad, que hace de la que se supondría la más sublime de las especies, la que tiene las acciones más ruines y autodestructivas?
Para respondernos esta pregunta debemos conocer qué es exactamente la maldad, que supuestamente se constituye en bipolaridad con la bondad, cuál es la definición de estas categorías.
Hay que reconocer que también son dos las formas en las que se desarrolla la existencia humana. Y ya entrados en esta individual reflexión me he permitido llamarlas la “existencia natural” y la “realidad de la existencia”.
Por “existencia natural” podemos entendernos únicamente como lo que somos, como seres naturales, pertenecientes al entorno como todos los demás seres animados, partes del orden natural que nos rige. En pocas palabras, como los entes biológicos, sujetos a las leyes físicas y químicas.
La “realidad de la existencia” es todo aquello que no nació con nosotros, que no podemos entender en la naturaleza, todo aquello que es obra de la razón, que parece ser “nuestra realidad”, pero que es algo así como un universo paralelo que hemos construido, a través del tiempo, con nuestro pensamiento. Tan cercano es a nosotros, que parece propio de nuestra naturaleza, pero en realidad se ha pretendido en la existencia por añadidura.
Luego entonces, por ser categorías sustancialmente diferentes, bien puede pensarse que no se puede aplicar de igual modo los calificativos de la bondad y la maldad.
Ahora bien, dentro de lo que he llamado “existencia natural” parece ser que las cosas simplemente son o no son, y no puede ser de otro modo, que la perfección de las cosas radica en su simple existencia, armoniosa con todas las demás y la imperfección su ausencia
Dice Santo Tomás de Aquino: “se dice de algo bueno en tanto que tiene su propia perfección”[2], pero se dice bueno de esto en cuanto que es, no por cómo es, distinción que ya es propiamente humana, que tiene como propósito la comparación y semantización, para generar conocimiento y sistematizarlo.
Así, el mismo Santo Tomás de Aquino, con sus apreciaciones filosóficas me permiten concluir este punto de la “existencia natural” en la que “el ser mismo, en cuanto a que es apetecible, es bueno. Luego, es necesario que el mal, que universalmente se opone al bien, se oponga, además, a lo que es ser. Más lo que es opuesto a lo que es ser, no puede ser algo” [3]
Entonces, es evidente que la categoría bondad-maldad no es inherente a la naturaleza, sino que es una creación humana, que se ha pretendido por añadidura a la naturaleza, homologando a la bondad y a la maldad con la existencia y la ausencia o defecto de esta, respectivamente. Así, por ejemplo, humanamente, el ser ciego es una maldición, pero naturalmente es la ausencia de la perfección en el ojo.
En la naturaleza, como hemos concluido, las cosas son o no son y no puede ser de otro modo, pero en la dimensión humana, que con anterioridad distinguimos como “la realidad de la existencia”, es en donde existen estas categorías, pues bien afirma Santo Tomás de Aquino que “el mal es contrario al bien, más en las cosas morales que en las naturales, por que las cosas morales dependen de la voluntad el objeto de la voluntad es el bien y el mal”[4]
Luego, hemos caído en un nuevo concepto: el fenómeno volutivo, que pareciera un apéndice de la razón, y por ello, exclusivamente humano. La parábola cristiana del Génesis, según la cual, todo lo creado se encontraba en la armonía del “Edén”, bajo la voluntad de Dios, su creador, que se veía reflejado en su máxima obra, que dotó como a él, de razón y voluntad, nos puede servir como pauta.
Deduce de ella el psicoanalista Erich Fromm: “La desobediencia es la condición para el conocimiento de sí mismo por parte del hombre, por su capacidad de elegir, y así, en último análisis, ese primer acto de desobediencia es el primer paso del hombre hacia su libertad”[5] y con ella su oportunidad de desarrollar sus potencias.
Encontramos que la bondad es propia de la voluntad humana, que el hombre ha obtenido, junto con su razón, una inclinación moral intrínseca hacia la moral. Pero más bien me parece que la moral de la que estamos hablando es una adecuación de la razón a la naturaleza, es el íntimo vínculo que existe entre nuestra “existencia natural” y nuestra “realidad de la existencia”.
La Moral es una de las claves para resolver la inclinación de nuestra “realidad de la existencia”. Esta moral es, entonces, la exigencia que nuestra naturaleza como seres vivos le hace a nuestra “realidad de la existencia”, para la conservación de aquella y de esta, pues sin la primera, la segunda simplemente no tendría un móvil para desarrollarse.
Esto puede verse claramente en cualquier sujeto de nuestra especie, e incluso de todas las demás, pues no hay ser vivo que carezca del instinto de salvaguardar su propia existencia.
Entre todas las diversas comunidades humanas del mundo, la referencia moral no es muy distante de un término medio. Por supuesto que muchos podrán redargüir tomando como ejemplo a los kamikazes, las extremistas religiones islámicas y los sacrificios humanos de culturas pasadas, pero lo que no pueden negar, es que aquellos seres humanos, que restaron a su vida el máximo valor, la convirtieron en un instrumento, un móvil para la satisfacción de sus creencias.
Volvemos a encontrar que el mundo de las ideas tiene un potencial enorme, capaz de ponernos en oposición a nuestra naturaleza bondadosa. Que el vínculo que existe entre nuestra percepción y nuestra razón, muchas veces es obstaculizado por lo que nos hemos (y nos han) creado en nosotros mismos: las ideas y las creencias.
Tal es este potencial, que se desborda de nuestra capacidad de comprensión, que percibimos (o pensamos hacerlo) como algo que al parecer carece de límites y barreras, algo así como un sentimiento “oceánico”, una “sensación de eternidad” que parece “la fuente última de la religiosidad”[6], misma que suele ser explicada como esa esencia divina, que da al ser humano su excepcional existencia: el Alma.
Siendo coherentes con lo concluido, aceptando que la bondad y la maldad no son categorías inherentes a la “existencia natural”, sino a la “realidad de la existencia”, encontramos, sin embargo, que existe un vínculo muy importante al respecto, pues la segunda es un reflejo de la primera, pues, como hemos dicho, somos creación de nuestra experiencia.
Si partimos del supuesto de que, como los demás seres vivos, el hombre sólo haría el “mal” a otros seres, en cuanto se hace un bien para sí mismo, viviríamos en un orden natural con cierta armonía (como el resto de las especies)
Si agregamos al hecho anteriormente descrito, esta “sensación de eternidad”, que ocasiona que no vivamos la vida como el instante que a cada momento es, sino como el instante por venir, ese instinto de la adquisición de bienes para sí se vuelve desmesurado, con el propósito de asegurar el porvenir que en nuestra realidad inconsciente concebimos sin fin.
Este fenómeno es en realidad muy característico de nuestra especie, o por lo menos de nuestra cultura. ¿Quién de nosotros (que pretendemos vivir conforme a la civilidad y sociedad) vive para hoy? Sé que ya suena trillado aquello de que “vive el día de hoy como si fuera el último”, pero tiene algo de razón, porque vivimos para quién sabe cuando.
El simple hecho de que esté yo aquí, sentado por horas, tratando de resolver un cuestionamiento que tiene ¡más de dos mil años sin resolver!, y del que seguramente no alcanzaré a conocer una respuesta totalmente satisfactoria, me demuestra que hemos hecho de la vida un simple móvil para la trascendencia de las ideas.
Después de todo el camino recorrido, que ha estado por demás lleno de angostas verdades y caminos desconcertantes, hemos vuelto al punto donde comenzamos: La cultura, y ciertamente yo no encuentro otro problema.
Una conclusión que he tomado después de conocer la fuerza argumentativa del ilustre psicoanalista Sigmund Freud, quien asegura que la satisfacción a nuestros instintos es la base de la pretendida finalidad humana: La felicidad.
Entonces, en algún momento de nuestra evolución, encontramos que al satisfacer nuestro instinto animal surgió la idea de la felicidad, que pronto se volvió un impulso superior a la mera satisfacción de nuestras necesidades básicas, en donde se asoció el nuevo concepto de felicidad con lo placentero que resultaba satisfacer sus necesidades más allá de sus requerimientos. Con ello nació la noción del Poder.
Desde entonces, es quizá el concepto más arraigado de la cultura humana y el combustible de su evolución, tanto que hasta nos parece natural como especie. Con poder se entiende todo lo que se está en potencia de hacer, ya poder sobre las cosas como sobre los demás seres.
Con esta ansia de poder, se impulsó a la inteligencia a tratar de satisfacer nuestros deseos siempre por encima de nuestras expectativas, por lo mismo, nos es tan difícil ser felices.
Freud consideró a este fenómeno “diversión gratuita”, que representa muy bien en el siguiente ejemplo: “No hay más que sacar una pierna desnuda de bajo de la manta, en fría noche de invierno, para poder procurarse el ‘placer’ de volverla a cubrir [...] (luego reconoce el aspecto negativo de estos beneficios a los que la ciencia nos ha orillado, pues) sin el tren que supera la distancia, nuestro hijo jamás habría abandonado la ciudad natal, y no necesitaríamos el teléfono para poder oír su voz”[7]
El poder es parte de lo que se llaman las pasiones, que sólo son propias de la “realidad de la existencia”, pero que tienen raíces en la naturaleza instintual del hombre primitivo. Como parte de esta realidad de las ideas, las pasiones no siguen leyes como las naturales, sino que encuentran su fundamento en el pensamiento, que es muy diverso y fluctuante en cada persona.
Replica Oscar de la Borbolla: “Todo ha servido para que la podrida naturaleza humana se manifieste: no hay asunto, ideas, valor u objeto por el que no se haya matado: la historia es una cantina de pendencieros en la que cualquier cosa es motivo para desencadenar la violencia; los seres humanos se han matado por igual por las posesiones materiales que por las espirituales; por el oro y por las creencias, por los ideales y por las vilezas, por las teorías científicas y por las religiones; se han matado hasta por la paz” [8]
Bien cierto es aquello por lo que alza la voz y reclama. Pero hay que tomar en cuenta que en estos grandes males autodestructivos, casi nulas son las veces (ninguna que yo conozca) que se llevan a cabo por la convención y acuerdo de todos los hombres que participan.
“Parece que la mayoría de los hombres (dice Fromm) son niños sugestionables y despiertos a medias, dispuestos a rendir su voluntad a cualquiera que hable con voz suficientemente amenazadora o dulce para persuadirlos”[9] por que, no hay duda que no existe mejor promesa que la de felicidad.
Las guerras son consecuencias de las decisiones de los líderes políticos, que en búsqueda de territorio, riquezas o ventajas comerciales; o contra amenazas reales o aparentes; o simplemente en busca de prestigio y gloria personales, lideran sangrientos movimientos, pero “esos hombres no son diferentes al ordinario; son egoístas, con poca capacidad de renunciar a las ventajas personales en beneficio de otros, pero no son crueles ni malignos, [...] el hombre ordinario con poder extraordinario es el principal peligro para la humanidad”[10].
Aún así son muy cuestionables las perspectivas de una mayor inclinación hacia la bondad o la maldad. David Hume, filósofo, economista e historiador escocés, fundado en sus estudios sobre la naturaleza humana, sostenía que “el hombre es portador de una tendencia emotiva susceptible de conducir su vida moralmente”[11], a la par que la concebía dotada de Compasión, una “tendencia humana a sentir las pasiones del prójimo”[12], pretende además equiparar los conceptos del amor y el odio con las categorías bondad y maldad y dice se hallan siempre dirigidos a algún ser externo a nosotros, para producir en el otro estas pasiones y ser contestadas.
En una posición antagónica, Oscar de la Borbolla sostiene que “el odio también está en nosotros; no es tan solo lo esencial del alma ajena, sino que está en nuestra propia naturaleza”[13]
En definitiva no es un dilema del que pronto encontremos una solución que satisfaga todas las conciencias y sus experiencias sobre la virtud humana o su inherente desviación, pues la magnitud del pensamiento no permite seguir un camino constante y no permite la existencia de opiniones irrefutables.
Creo que la respuesta está en nuestra verdadera naturaleza como seres vivos, que, como el resto de las especies, sólo dañaríamos a otros seres vivos para hacernos bien a nosotros mismos, en la medida en que lo necesitamos para sobrevivir día a día.
Creo, sin lugar a dudas, que como entes humanos, el estar dotados de una peligrosa combinación de instinto y razón nos ha llevado a un punto tal que hemos perdido ambos enfoques, no somos ni la especie 100% natural, ni los seres más sublimes de esta tierra. Así navegamos a la deriva de los sucesos.
Es la cultura la que ha creado falsas necesidades y ha puesto la felicidad en la cima de estas, lo que no nos permite admirar la perfección de nuestro ser. Es por ello que entre más cosas se descubren: Primero, ¡Estamos acabando con el planeta en el que vivimos! ; Segundo, seguramente estaremos más cómodos, de eso no hay duda, pero ¿qué será de nuestros cuerpos? ¡Con tanta comodidad pronto tendremos que rodar!, Tercero, el desarrollo médico sin duda nos beneficiará, tal vez para alargar esta vida agonizante por algunos cuantos años. ¿Ésta es acaso la felicidad que buscamos? ¿Por qué entre más nos alejamos de nuestro pasado más primitivo son cada vez más difíciles las cosas por resolver? ¿Esto nos llevará algún día a la perfección de nuestros cuerpos o, peor aún, a la erradicación de nuestra naturaleza animal?
Muy cierto es que gracias a lo que conocemos, hoy vivimos mucho más tiempo, la mayoría de las enfermedades se pueden prevenir y sólo un número reducido de ellas nos pueden llevar a la muerte, pero con esto ¡estamos acabando con la selección natural! Cuantas veces no hemos escuchado de personas en extremo enfermizas o con defectos congénitos (ocasionados gracias al mestizaje, por las conquistas ultramar) que pueden vivir, relativamente bien, pero sus genes continúan multiplicándose en el mundo... por eso no es de extrañar que día a día conozcamos peores enfermedades.
Así, lo que inventamos para solucionar algún problema que teníamos, ocasiona otros tantos que nunca consideramos y que ni siquiera pudimos haber imaginado... ¿a dónde vamos a llegar? Estos problemas nos agobian, y aún con tanto avance no hemos podido erradicar nuestro instinto, sino sólo reprimirlo, pues “como se sabe, la tentación no hace sino aumentar en intensidad bajo las constantes privaciones”[14], lo que provoca que ahora, además de todo, exista una esquizofrenia social.
[1] Borbolla, Oscar de la, “Filosofía para inconformes; Contra la humanidad”, segunda edición, Grupo Editorial Patria, México, 2003, página 15.
[2] Aquino, Tomás de, “Cuestiones disputadas sobre el mal”, Ediciones Universidad de Navarra, Pamplona, España, 1977, Página 20.
[3] Aquino, Tomás de, “Cuestiones disputadas sobre el mal”, Ediciones Universidad de Navarra, Pamplona, España, 1977, Página 9.
[4] Aquino, Tomás de, “Cuestiones disputadas sobre el mal”, Ediciones Universidad de Navarra, Pamplona, España, 1977, Página 10.
[5] Fromm, Erich, “El corazón del hombre”, Fondo de Cultura Económica, México, 1972, Página 15.
[6] Freud, Sigmund, “El malestar en la cultura”, en http://www.libertadexpresa.com/acervo/libros/Freud_Sigmund-Malestar_en_la_cultura.pdf,
[Consultado 14/05/2008] en formato.pdf, Página 2
[7] Freud, Sigmund, “El malestar en la cultura”, en http://www.libertadexpresa.com/acervo/libros/Freud_Sigmund-Malestar_en_la_cultura.pdf,
[Consultado 14/05/2008] en formato.pdf, Página 15
[8] Borbolla, Oscar de la, “Filosofía para inconformes; Contra la humanidad”, segunda edición, Grupo Editorial Patria, México, 2003, Página 10.
[9] Fromm, Erich, “El corazón del hombre”, Fondo de Cultura Económica, México, 1972, Página 11.
[10] Fromm, Erich, “El corazón del hombre”, Fondo de Cultura Económica, México, 1972, Página 17.
[11] Hume, David, “tratado de la naturaleza humana”, segunda edición, editorial Porrúa, México, 1985, Página 179.
[12] Hume, David, “tratado de la naturaleza humana”, segunda edición, editorial Porrúa, México, 1985; Página 181.
[13] Borbolla, Oscar de la, “Filosofía para inconformes; Contra la humanidad”, segunda edición, Grupo Editorial Patria, México, 2003, Página 18.
[14] Freud, Sigmund, “El malestar en la cultura”, en http://www.libertadexpresa.com/acervo/libros/Freud_Sigmund-Malestar_en_la_cultura.pdf,
[Consultado 14/05/2008] en formato.pdf, Página 15
El problema del ser humano es que se pone a pensar sobre él mismo y sobre su acción, jajajaja... pero ¿si no lo hace?, entonces deja de ser humano, lo mismo pasa con la prolongación de la vida a través de métodos alguno efectivos, otros no, pues dejar morir a gente por enfermedades curables sería inhumano.
ResponderEliminarAsí, lo humano es imperfecto, para nuestra propia visión, que ha clasificado las cosas en buenas y malas... quizá sería sano dejar de ver las imperfecciones como malas, eso nos divorciaría de la religión, que ha subsumido nuestras conciencias, ha sido un freno para desarrollar nuestras potencialidades, incluso para desarrollar formas alternativas de desarrollo espiritual y un gran factor para que seamos como "niños" incautos.
pf!!!, que lejano suena eso, nuevamente contradicciones, me parece que la contradicción también es muy humana.
La destrucción de nuestro planeta y la violencia obedecen a la misma subsunción de la religión articulada con el actual sistema (el cual dejas fuera, pero que sin duda es un factor inhumano y una contradicción más, pues la apropiación material de una minoría parecíera como el alcance de su felicidad, mientras que la ruptura del mismo, sólo se da a través de violencia).
Bueno, son de las conclusiones que saco de este tan buen trabajo mi estimado Victor, ante mi muy limitado entender y mi nula experiencia ante estos temas tan inmersos en la filosofía. Esta padre acercarme a este tipo de temas a través de tu blog.
También señalar que extoy de acuerdo contigo en ver al ser humano como "bueno por naturaleza", y aunque reconociendo nuestras modificaciones en el planeta, en contra de aquellos pesimistas que hablan de pocilgas y destrucción en nuestras acciones. Finalmente tenemos el control sobre nuestra perspectiva acerca de nosotros... únicamente nos falta el despertar de las conciencias y el accionar conjunto de ellas.
Lyo